Hay días en los que me reconcilio con la ciudad. Nos pasamos el resto del tiempo puteados, de arriba para abajo, sin tiempo para caer en la cantidad de cosas que hay a nuestro alrededor y que son la hostia. Pero demasiadas prisas en una ciudad en la que no paramos ni para mirarnos unos a los otros (si no es para insultarnos por algo del tráfico). Así pasa el tiempo, corriendo para no perder no sabemos qué, de mala hostia, sin tiempo para mirar al cielo ni al suelo. Pero, decía, hay días en los que me reconcilio con la ciudad. Subo en metro desde mi barrio hasta el centro, me bajo un par de paradas antes y me voy dando una vuelta con la excusa de resolver unos papeles o ir a mirar algo o cualquier otra cosa banal. El caso es que me doy un paseo tranquilo y reparo en un mazo de cosas en las calles que cruzo todo los días: edificios acojonantes, con esculturas flipantes en las fachadas, tiendas con escaparates cuidadísimos, una tienda de legumbres de toda la vida, un par de placas que recuerdan la historia de estas calles y gente, mucha gente con cara. |  |